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lunes, 12 de octubre de 2015

Duque de Rivas, Máscaras y cañas

E. Siglo XIX. ROMANTICISMO. 3. Poesía.
A)Duque de Rivas. Máscaras y cañas. 

Texto:
Siguió el festejo a la tarde,
y llenose la gran plaza
con el pueblo y con la corte,
cual lo estuvo la mañana.
Magníficas son las fiestas
que la regia villa paga,
para celebrar el nombre
del poderoso Monarca.
De clarines y timbales
al son que asorda las auras,
y al de orquestas numerosas,
que entonan guerrera marcha,
en orden y a lento paso 
numerosas mascaradas
entran por partes distintas,
y al rey y a la reina acatan.
De los reinos diferentes
que el reino forman de España,
ostenta cada cuadrilla
distintivos y antiguallas,
arbolando un estandarte
con el blasón de sus armas,
y de su música propia,
al compás de las sonatas,
mézclanse ligeras luego,
formando mímica danza,
en concertado desorden
de figuras ensayadas.
Los cascos y coseletes
de la indómita Cantabria;
de los fieles castellanos
las dobles cueras y calzas;
las fulgentes armaduras,
de los infanzones gala,
del ligero valenciano
los zaragüelles y mantas;
de chistosos andaluces
los sombreros y capas,
y las chupas con hombreras
y con caireles de plata;
los turbantes granadinos,
jubas, albornoces, fajas;
los terciopelos y sedas
de vestes napolitanas;
de la Bélgica los sayos
con sus encajes y randas;
los milaneses justillos
con las chambergas casacas,
y las esplendentes plumas
teñidas de tintas varias,
con los arcos y las flechas
que el cacique indiano gasta,
forman un todo indeciso
que cubre la extensa plaza
de movibles resplandores,
de confusión bigarrada.
Parece que está cubierta
con una alfombra persiana,
cuyos matices se mueven
al conjuro de una maga.
Aquí añafiles moriscos,
allí tamboril y gaita,
más allá trompas guerreras,
acá sonorosas flautas;
las antárticas bocinas
en un lado, las guitarras
y los crótalos en el otro,
los caracoles de caza
forman estruendo confuso
en que el acorde falta,
y que llenando el espacio
aun más aturde que halaga.
Por fin, terminado el baile,
sepáranse las comparsas
y hacia lados diferentes
en orden puestas descansan.
Y cada una se dirige,
según la suerte la llama,
a saludar a los Reyes
con solemnidad y pausa;
y doblando la rodilla,
ofrecen a su Monarca
un rico don productos
de aquel reino que retratan.
Despejando luego todas,
el circo desembarazan
a los nobles caballeros
que salen a correr cañas.
Por la izquierda y la derecha
a un tiempo entraron galanas
dos diferentes cuadrillas,
que a unirse en el centro marchan.
Compónese cada una,
compitiendo el garbo y gala,
de doce nobles jinetes,
que de dos en dos avanzan.

Cuestiones:
1. Habrás observado que en el romance del duque de Rivas se emplean numerosos arcaísmos, esto es, palabras que han caído en desuso. Cita cinco de ellas y explica su significado consultando el diccionario para ello.
2. Describe tú en prosa en qué consisten las fiestas reales tal como aparecen en el romance del duque de Rivas.
3. Mide los ocho primeros versos. Señala las licencias métricas. Explica la rima de estos versos. Define la estrofa según lo observado en la medida de versos y la distribución de la rima.



José Zorrilla, Traidor, inconfeso y mártir. Acto II. Escena XI

E. Siglo XIX. ROMANTICISMO. 2. Teatro.
A) José Zorrilla: Traidor, inconfeso y mártir

Texto:
          Acto II. Escena XI.
AURORA: Padre...

GABRIEL: Explícate, Aurora.

AURORA:                     Oye: al impulso
de una curiosidad impertinente,
o de otro sentimiento inexplicable
que en mí se agita y que en mi alma enciende
la misteriosa luz de una esperanza 
lejana, incierta, misteriosa, débil,
cedí, señor, y en la callada noche
mi lecho abandoné... porque a mi mente
mil visiones de amor se amontonaron
en confuso tropel, puras y alegres
como las olas que la mar en clama
sobre sus lomos incansables mece:
como las aves que en el árbol saltan
trinando al sol de la escondida fuente.

GABRIEL: Prosigue, Aurora.

AURORA:                     Abandoné mi lecho,
y al tuyo me acerqué, como quien teme
ser sorprendido en criminal intento
por un extraño que a su lado duerme.
Tu faz un punto contemplé y mi labio
un ósculo filial puso a tu frente.
¿Me oyes, Gabriel?

GABRIEL:                 Prosigue, Aurora mía,
tu voz la voz de un ángel me parece.

AURORA: Al contacto sutil del labio mío
sonreíste, señor; y tu voz débil
oí que el nombre mío murmuraba
entre esos ayes con que el mal divierte
de una pasión, el que vivió en el mundo
secretos hondos ocultando siempre;
y entonces supe por la lengua misma
que hablar en sueños indiscreta suele,
que si es la tuya misterioso arcano
espesa sombra mi existencia envuelve.

GABRIEL: ¿Y entonces?

AURORA:                     Me aparté ruborizada
de quien mi padre no es; sentí más fuerte
latir mi corazón; sentí otra sangre
circular por mis venas más ardiente;
sentí en presencia del mayor cariño
mi cariño filial desvanecerse,
y al apartarme de tu lado trémula
un ósculo de amor grabé en tu frente.

GABRIEL: No lo digas jamás, Aurora mía.
Jamás a nadie tu pasión reveles:
quema los labios que en mi frente seca
pusiste; quema el corazón rebelde
que, el cariño filial de sí arrojando,
dio a mi cariño en su lugar albergue.

AURORA: Es ya tarde, Gabriel: mi amor es hijo
de tu callado amor.

GABRIEL:                       Tú lo mereces:
tú eres la sola flor que brotar hizo
en mi camino Dios... Dios que al ponerme
sobre la tierra me alfombró de espinas
la senda que mis pies recorrer deben;
pero yo no merezco tu amor santo:
yo soy un árbol cuyo tronco estéril
despojado de vida por el rayo
ya ni sombra, ni flor, ni aroma tiene.

AURORA: No, no; tú eres un árbol cuya sombra
cobijó mi niñez, cuyo ámbar bebe
mi pobre corazón, de quien tú sólo
sombra, delicia y alimento eres.
Dios me entregó a tus brazos en mi infancia,
porque Dios quiso que en tu pecho ardiente
brotase, para encanto de tu vida,
de esta pasión correspondida el germen.

GABRIEL: Tienes razón, Aurora, reconozco
en tu amor la piedad omnipotente.
Tienes razón, Aurora, Dios del cielo
te envía... un ángel de los cielos eres.

AURORA: Escúchame. Gabriel.

GABRIEL:                             Habla.

AURORA:                                     En el nombre
de esa pasión que en nuestras almas hierve
desaparezcan hoy esos misterios
que nuestras dos historias oscurecen.

GABRIEL: Imposible.

AURORA:               No temas que me espante,
Gabriel, ni me arrepienta, conociéndote
de haberte amado nunca.

GABRIEL:                                     Es imposible.

AURORA: Habla. Dime quién soy. Dime quién eres.
Si eres villano y en tus venas viles
la sangre impura y maldecida tienes
de raza hebrea o de morisca tribu,
yo te amaré, Gabriel; si reales puedes
ostentar de tu estirpe en el escudo
coronados y espléndido cuarteles,
yo te amaré, Gabriel: si eres acaso 
criminal fugitivo y por mí temes
de un patíbulo infame le deshonra,
yo te amaré, Gabriel: llama si quieres
a un sacerdote y que con lazo eterno
anude nuestras almas; y no pienses
que el deshonor de criminal memoria
me humille: te amo con amor tan fuerte
que oraré mientras viva en tu sepulcro
orgullosa del nombre que me dejes.

GABRIEL: ¿Calla, Aurora, deliras!

AURORA:                                   Un momento,
Gabriel, óyeme aún, no te impacientes.
Si eres un impostor, un ambicioso
cogido al fin entre sus propias redes,
huyamos: tienes ocasión y tiempo,
sí, nuestra fuga el capitán protege,
huyamos, nuestro amor y nuestra infamia
arrastrando a remoto continente.

GABRIEL: ¡Aurora!

AURORA:             Hoy a la cárcel de Medina
rayando el alba trasladarnos deben,
y el capitán que en nuestra guarda parte...

GABRIEL: Silencio, Aurora, ¿deshonrarle quieres
para salvarte tú? ¿Sabes que si huyo
cuando en su guarda el infeliz me lleve
morirá en mi lugar y que al fugarme
me doy por criminal siendo inocente?
Yo no huiré jamás: ni sé, ni quiero,
ni nací para huir; ya muchas veces
la he visto cara a cara, y en el pecho
no por la espalda me herirá la muerte.

AURORA: Hiéranos a los dos un mismo golpe.

GABRIEL: Tú no debes morir: aún quehacer tienes
sobre la tierra.

AURORA:                     ¿Qué sin ti?

GABRIEL:                                         Llorarme.

AURORA: ¿Me lo mandas?

GABRIEL:                       Yo no, Dios; obedece.
Dios me pone en los labios un candado,
no lo intentes romper. Pura, inocente,
noble eres tú: si a deshonrada tumba
mi silencio me lleva, Dios lo quiere.
Inclina, Aurora, la cabeza humilde
bajo la voluntad omnipotente,
y ora en mi tumba sin vergüenza,
mártir me quiere Dios y obedecerle
es fuerza; vive, y si te dice el mundo
que he sido un impostor, el mundo miente.
Yo no he dicho jamás que era el que buscan
y a morir me enviarán sin conocerme.
Ora en mi tumba sin vergüenza y ora
mientras los hombres libertad te dejen;
y si te culpan como a mí, en silencio
digna siempre de mí como yo muere.

AURORA: ¿Tú me lo mandas? Obedezco: sea,
Gabriel; digna de ti quiero ser siempre.


Cuestiones:
1.  Como habrás comprendido, la escena que hemos reproducido se refiere al momento en que Aurora y Gabriel descubren su mutuo amor al deshacerse la falsa creencia de que la primera era su hija. ¿Cómo llegó a averiguarlo Aurora?
2. ¿Cuál es la reacción de Gabriel ante el apasionado amor de Aurora?
3. De acuerdo con la norma romántica de libertad creadora, el autor no tiene en cuenta la regla de las tres unidades; en este caso concreto es evidente el entrecruzamiento de dos acciones, ¿cuáles son?
4. En este diálogo de patentes valores dramáticos por la fuerza y la tensión que se logran, hay también elementos líricos. ¿Podrías explicar cuáles son?
5. Analiza la estructura métrica utilizada y explica qué clase de rima, de versos y de estrofa ha utilizado el autor.
6. Indica qué rasgos típicamente románticos observas en el texto. Puedes referirte tanto al plano del contenido como al de la forma.


7. Si conoces el episodio histórico en que está basado el drama, explica qué elementos reales y qué elementos ficticios hay en él.

Mariano José de Larra, Artículos de costumbres. "Las casas viejas"

E. Siglo XIX. ROMANTICISMO. 1. Prosa.
A) Mariano José de Larra. Artículos de costumbres. "Las casas viejas."

Texto:
"Las casas antiguas, dijimos, que van desapareciendo de Madrid rapidísimamente, están reducidas, a una o dos enormes piezas y muchos callejones interminables; son demasiado grandes, son oscuras, por lo general, a causa de su mala repartición y combinación de entradas, salidas, puertas y ventanas.
Dirígímonos, pues, a ver las casas nuevas; esas que surgen de la noche a la mañana por todas las calles de Madrid; esas que tienen más balcones que ladrillos y más pisos que balcones; esas por medio de las cuales se agrupa la población de esta coronada villa, se apiña, se sobrepone y se aleja de Madrid, no por las puertas, sino por arriba, como se marcha el chocolate de una chocolatera olvidada sobre las brasas. La población que se va colocando sobre los límites que encerraron nuestros abuelos, me hace el efecto del helado que se eleva fuera de la copa de los sorbetes. El caso es el mismo: la copa es pequeña y el contenido mucho.
Muchas casas y muy lindas vimos. Mi amigo observó con razón que se sigue en todas el método antiguo de construcción: sala, gabinete y alcoba pegada a cualquiera de estas dos piezas; y siempre en la misma cocina, donde se preparan los manjares, colocado inoportuna y puercamente, el sitio más desaseado de la casa. ¿No pudiera darse otra forma de construcción a las casas, de suerte que este sitio quedase separado de la vivienda, como en otros países lo hemos visto constantemente observado? ¿No pudieran llegarse a desusar esos vidrios horribles, desiguales, pequeños, unidos por plomos, generalmente invertidos en las vidrieras? ¿No se les podrían sustituir vidrios de mejor calidad, de más tamaño, y unidos entre sí con sutiles listones de madera, que harían siempre mejor efecto a la vista y darían mas entrada a la luz? ¿No convendría desterrar esas pesadas maderas que cierran los balcones, llenas de inútiles rebajos y costosas labores, sustituyéndoles puertas-ventanas de hojas más delgadas y lisas? ¿No pudiera introducirse el uso de comodísimas chimeneas para las casas, sobre todo, más espaciosas, como se hallan adoptadas en toda Europa? ¿Tanto perderíamos en olvidar los mezquinos y miserables braseros que nos abrasan las piernas, dejándonos frío el cuerpo y atufándonos con el pestífero carbón, y que son restos de los sahumadores orientales introducidos en nuestro país por los moros? ¿Qué mal haríamos en desterrar los canalones salientes, cuyo objeto parece ser el de reunir sobre el pobre transeúnte, además del agua que debía naturalmente caer del cielo, toda la que no debía caerle, y en sustituirles los conductos vertederos semejantes a los de Correos, pegados a la pared?
Los caseros, más que al interés público, consultan el suyo propio: "Aprovechemos terreno"; ése es su principio: "Apiñemos gente en estas diligencias paradas, y vivan todos como de viaje." Cada habitación es en el día un baúl en que están las personas empaquetadas de pie, y las cosas en la posición que requiere su naturaleza: tan apretado está todo, que en caso de apuro todo podría viajar junto son romperse. Las escaleras son cerbatanas, por donde pasa la persona como la culebra, que se roza entre dos piedras para soltar su piel. Un poco más de hombre o un poco menos de escalera, y serán una sola cosa hombre y escalera.
Pero sigamos la historia de mi amigo. No bien hubo visto la blancura de una de las casas nuevas, la monería de las acomodadas piececitas, el estado de novedad de las habitaciones del piso tercero, alborozóse y
-¡Este cuarto es mío! -exclama.
-Pero acabemos de ver.
-Nada; inútil; quiero casa nueva; no hay remedio.
De allí a media hora estábamos ya en casa del casero. Inútil es decir que el casero tenía mala cara; todos la tienen: es la primera cosa que hacen en comprando casa; a lo menos tal nos parece siempre a los inquilinos, sin que esto sea decir que no puede ser ilusión óptica.
-¿Qué tiene usted que mandarme?...
-¿Usted es el dueño de la casa que se está haciendo...?
-Sí, señor.
- Hay varios cuartos en la casa.
-Están dados.
-¡Cómo! Si no están hechos...
-Ahí verá usted.
-Pero ¿no habría...?
-Un tercero queda.
-Bueno; he dicho que quiero casa nueva.
-No es tampoco de los más altos, caballero; no tiene más que noventa y tres escalones y un tramito.
-Ya  se ve que no es mucho: se baja uno a Madrid en un momento; quiero casa nueva.
-¿Pagará usted adelantado?
-Hombre, ¿adelantado? A mí nadie me paga adelantado.
-Pues déjelo usted.
-¡Ah, no; eso, no! Bien; pagaré. ¿Un mes?
-Tres meses o seis.
-Pero, hombre...
-Déjalo.
-No; bien, bien. ¿Cuánto renta? Es tercero y tiene pocas `piezas y estrechas, y...
-Diez reales diarios; dé usted gracias que no se le pone en doce.
-¡Diez reales!
-Si no acomoda...
-Sí, señor; sí. ¡Como ha de ser! ¡Casa nueva!
-Fiador.
-¿Fiador?
-Y abonado.
-Bueno, ¡paciencia! Tengo amigos; el marqués de...
-¿Marqués? No, no, señor.
-El coronel de...
-¿Militar? Menos...
-Un mayordomo de semana.
-¿Tiene fuero? No, señor.
-Pero, hombre, ¿adónde he de ir a buscar?...
-Ha de tener casa abierta.
-Pero yo no me trato con taberneros, ni...
-Pues dejarlo.
-¡Voto va!
No hubo más remedio que buscar el fiador; ya daba mi amigo la mudanza a todos los diablos. Venciéronse, por fin, las dificultades; ya cogió las llaves, y cogió al celador, y cogió el padrón, y cogió... ¿Qué había de coger por último? El cielo con las manos, lectores míos. Comenzó la mudanza: el sofá no cupo por la escalera; fue preciso izarle por el balcón, y en el camino rompió los cristales del cuarto principal, los tiestos del segundo, y al llegar al tercero, una de sus propias patas, que era precisamente la que le había estorbado; si se hubiera roto al principio, pleito por menos; fue preciso pagar los daños. El bufete entró como taco en escopeta, haciendo más allá la pared a fuerza de rascarle el yeso con las esquinas; la cama del matrimonio tuvo que quedarse en la sala porque fue imposible meterla en la alcoba; el hermano de mi amigo, que es tan alto como toda la casa, se levantó un chinchón, en vez de levantar la cabeza, con el techo que estaba hombre en medio con el piso. En fin, mal que bien, estuvo ya la casa adornada; pero ¡oh desgracia! mi amigo tiene un suegro sumamente gordo: verdad es que es monstruoso; y es hombre que ha menester dos billetes en la diligencia para viajar: como a éste no se le podía romper pata como al sofá, no hubo forma de meterlo en casa. ¿Qué medio en este conflicto? ¿Reñir con él y separarse porque no cabe en casa? No es decente. ¿Meterlo por el balcón? No es para todos los días. ¡Santo Dios, que no se hagan las casas en el día para los hombres gordos! En una palabra, desde ayer están los trastos dentro; mi amigo, en la escalera mesándose los cabellos, luchando entre la casa nueva y el amor filial; y el viejo, en la calle esperando, o a perder carnes, o a ganar casa".


Cuestiones:
1. En el texto se aborda un tema principal y varios asuntos secundarios. Determínalos.
2. ¿Cuál es la tesis mantenida por el autor en torno al tema de las nuevas construcciones madrileñas?
3. Este artículo fue publicado en 1833. ¿Te sugiere alguna actitud crítica semejante a la mantenida por Larra, pero referida a nuestro tiempo? ¿En qué aspectos?
4. El texto tiene una importante parte descriptiva. ¿Es esta descripción puramente objetiva, o está condicionada por la actitud crítica del autor?
5. Como habrás observado, el tercer párrafo ofrece abundantes interrogaciones retóricas; es decir, preguntas de las que no se espera respuesta, sino que son modos de intensificar la afirmación. ¿Es posible en estos casos transformar la interrogación directa en indirecta? Intenta hacerlo con una de ellas y muestra el resultado, indicando si continúa significando lo mismo o no.
6. Hemos dicho repetidamente que la intención satírica del texto se manifiesta en el uso de la ironía. ¿Podrías poner algunos ejemplos concretos de esto? Debes prescindir de los que se han aducido ya en las líneas de presentación del texto que hemos incluido.


7. Ejercicio de composición: elabora un informe sobre el estado de la construcción en la ciudad en que tú vives.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Literatura española. Siglo XIX. Romanticismo





EL MARCO HISTÓRICO
Durante el siglo XIX, España vive uno de los períodos más agitados de su historia.
Se abre el siglo con la guerra de la Independencia y termina con la guerra contra los Estados Unidos y el desastre de 1898. La jefatura del Estado pasa por infinitas vicisitudes. La dinastía, tras los reinados de Fernando VII (1814-1833) y de Isabel II (1833-1868), es derrocada por la revolución de este último año, la “Gloriosa”. Suceden la mediocre regencia de Serrano (1869-1870) y el indeciso reinado de Amadeo I (1871-1873). Se abre después el insatisfactorio paréntesis republicano (1873-1874), al que siguen la jefatura de Serrano (1874) y la Restauración de la dinastía borbónica en la persona de Alfonso XII (1875-1885), hijo de Isabel II. Muerto el rey, su esposa doña María Cristina asume la Regencia, hasta 1912, año en que empieza a reinar su hijo Alfonso XIII.
El reinado de Fernando VII comienza con seis años de rígido absolutismo, continúa con un período liberal (1820-1823) impuesto por el levantamiento del general liberal Riego, que se cierra como consecuencia de la intervención de la Santa Alianza formada por varios países europeos para salvaguardar el absolutismo de los reyes. Durante el reinado de su hija Isabel II, se sucedieron las guerras carlistas que ensangrentaron el país, impidiéndole todo progreso.
La Restauración que sucedió a la primera República comprende los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII (es decir, hasta la proclamación de la segunda República en 1931).


SITUACIÓN ESPAÑOLA
Las tensiones políticas son enormes durante el siglo XIX. Por un lado, las clases conservadoras defienden sus privilegios. Por otro, los liberales y progresistas luchan por abolirlos. El laicismo se abre paso, y goza de gran influjo la masonería. El pensamiento católico tradicional se defiende frente a librepensadores y seguidores del filósofo alemán Krause. Las clases trabajadoras desencadenan movimientos de signo socialista y anarquista, con su cortejo de huelgas y atentados. Mientras Europa va forjando su gran porvenir industrial y cultural, España ofrece el espectáculo de un país inmaduro que trata de asimilar, con demasiada violencia y poca comprensión mutua, el nuevo espíritu europeo. Aún se siente primera potencia, a pesar de haber perdido, en tiempos de Fernando VII, sus territorios americanos. La guerra de 1898 y la pérdida de Cuba y Filipinas, vendrán a sacarla, momentáneamente, de su trágica inconsciencia.
Durante la centuria, el 65 % de la población vive en el campo. Empieza a trazarse la red de ferrocarriles, con capital en su mayor parte extranjero. En 1850 aparecen los primeros sellos de correos. Entre 1854 y 1857, queda instalado el telégrafo. En 1852, se ensaya el alumbrado eléctrico en Barcelona. El esfuerzo industrial es notable, pero no comparable al de los países europeos, que, además, crean o amplían por entonces sus poderosos imperios, mientras perdemos el nuestro.


SITUACIÓN CULTURAL
La situación cultural durante el siglo XIX es ínfima. Una ley de 1857 impone la escolaridad obligatoria entre los seis y los nueve años. Pero, en 1877, tres de cada cuatro españoles eran analfabetos; y aún, en 1901, el 63 % de la población seguía sin saber leer ni escribir. Por último, el censo de 1855 arroja un total de quince millones de habitantes, que pasa a diecinueve millones en 1911.
La cultura española de gran alcance empieza a desarrollarse en la segunda mitad del siglo. Van apareciendo sabios que trabajan aisladamente: el ingeniero y marino cartagenero Isaac Peral (1851-1895), inventor del submarino; el gran histólogo Santiago Ramón y Cajal (1851-1895), que obtuvo el premio Nobel en 1906; el naturalista y biólogo madrileño Ignacio Bolívar (1850-1944); el sabio humanista santanderino Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), etc.


LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA
Fue fundada en Madrid por el catedrático y pensador malagueño Francisco Giner de los Ríos, en 1876, junto con un grupo de profesores universitarios liberales, que, como él, habían sido apartados de la docencia oficial por defender la libertad de cátedra. Con ideas filosóficas de origen alemán, emprendió un decisivo trabajo de modernización cultural de nuestro país, en todos los grados de la enseñanza, defendió la coeducación en los centros escolares y la libertad de cátedra, e impulsó el trabajo riguroso en diversas ramas de las humanidades y de las ciencias, con independencia de las ideas religiosas e ideológicas de sus componentes. Se trataba de influir en la vida social por medio de maestros eficientes y de científicos, muchas de cuyas investigaciones se incorporaron al saber mundial. La Institución -que contó con partidarios decididos y con temibles detractores- promovió entre sus alumnos y partidarios el amor a la Naturaleza, y el equilibrio entre la salud intelectual y física (deporte, excursiones). E impulsó la creación de diversos organismos, que producirían la creciente europeización de España durante el siglo XX, en especial durante la II República, que acogió sus ideales reformadores. Pero desapareció en 1939, al acabar la guerra civil, a consecuencia de la cual muchos de sus miembros tuvieron que exiliarse, y proseguir en América la tarea interrumpida en su país. Con la Institución y sus consecuencias, un pensamiento decididamente moderno se difunde sobre todo entre la burguesía de nuestro país, clase de la cual saldrán los mejores escritores del siglo XX.


LOS MOVIMIENTOS LITERARIOS
Hasta muy entrado el siglo XIX, se mantienen los gustos neoclásicos del siglo anterior. Pero desde fines del XVIII, se observa una reacción contra el racionalismo dieciochesco. Una serie de pensadores y de artistas, en Inglaterra, Alemania y Francia, se preguntan si la pura razón -el gran instrumento dieciochesco, con el cual se intentó codificar el arte, la moral, la política, etc.- puede ser el único método para actuar en el mundo. Por lo pronto, los resultados obtenidos distaban de ser satisfactorios. De esa actitud literaria y cultural que suele denominarse Prerromanticismo, pueden observarse rasgos en autores tan dieciochescos como Cadalso (Noches lúgubres) o Jovellanos (El delincuente honrado); y en poetas como Álvarez de Cienfuegos, Maury, etc.
• En el XIX, estalla con fuerza la gran revolución del Romanticismo, en pugna con las actitudes neoclásicas que muchos defienden aún; afirma los derechos de la fantasía, de la imaginación y de las fuerzas irracionales del espíritu. El Neoclasicismo que proviene del siglo anterior perdura en algunos autores (Bretón de los Herreros); convive en otros con el Romanticismo, en proporción variable (Martínez de la Rosa, Larra); algunos escritores que se iniciaron en el Neoclasicismo, se convirtieron a la nueva moda romántica (Rivas, Espronceda). Por fin, otros fueron, desde sus comienzos, apasionadamente románticos: Gil y Carrasco, Navarro Villoslada, Donoso Cortés, García Gutiérrez, Hartzenbusch, Zorrilla, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado, etc.
• Junto a estos escritores, que toman postura ante el Neoclasicismo o el Romanticismo, hay algunos que se sitúan al margen de ambas escuelas, y pretenden realizar una literatura castiza, enraizada en la tradición del Siglo de Oro. Son los costumbristas Mesonero y Estébanez.
• El apogeo romántico, como veremos, fue muy breve. La segunda mitad del siglo está dominada por el Realismo, de signo objetivista (frente al subjetivismo anterior), si bien el Romanticismo rebrota en algunos poetas (Bécquer, Rosalía de Castro), e informa, más o menos modificado, el quehacer de novelistas y dramaturgos ("Fernán Caballero”, Alarcón, Echegaray).


EL ROMANTICISMO
Con la palabra Romanticismo (es adaptación del francés Romantícísme. creada por Stendhal, en 1823, el cual la forjó apoyándose en e! adjetivo romantíque. Este significaba, en francés, durante los siglos XVII y XVIII, 'novelesco'; pero hacia 1775 se contagió del significado del inglés romantíc, 'pintoresco, sentimental'. Hacia 1800 sufrió otro nuevo contagio: el del alemán romantísch con que se calificaba a los partidarios de las doctrinas anticlásicas de Schlegel. Fue esta acepción de 'anticlásico' la que triunfó en francés, y con ella se adaptó en España el término a mediados del siglo XIX. Para las acepciones anteriores, de romantíque, se usaban entre nosotros los términos romanesco y romancesco. ) se alude a un movimiento cultural y político que tuvo su apogeo en la primera mitad del siglo XIX, y que afectó a España como al resto de los países europeos y americanos, bajo el influjo inicial del pensador francés Rousseau (1712-1778) y del gran poeta alemán Goethe (1749-1832), exaltadores del sentimiento frente a la razón que había inspirado a los neoclásicos.
Los románticos se lanzan, pues, a conseguir obras menos "perfectas”, menos "regulares”, pero más profundas, más íntimas y sugestivas, más cordiales. Indagan lo ignoto y misterioso e imponen completamente los derechos del sentimiento. Su consigna es la libertad en todos los órdenes de la vida.


ROMANTICISMO TRADICIONAL Y ROMANTICISMO LIBERAL
Aplicada la consigna de libertad a la política, unos la entendieron como una simple restauración de los valores ideológicos, patrióticos y religiosos que habían deseado anular los racionalistas dieciochescos. Exaltan así el Cristianismo, el Trono y la Patria, como valores supremos. En esta línea de Romanticismo tradicional, se insertan los hermanos Schlegel y Novalis, en Alemania; Walter Scott, en Inglaterra; Chateaubriand, en Francia; y Böhl de Faber, Navarro Villoslada, Rivas, Pastor Díaz y Zorrilla, en España.
Por el contrario, otros románticos identifican libertad con destrucción del orden vigente, en religión, arte y política. Afirman exageradamente los derechos del individuo frente a la sociedad y a las normas, que combaten sin tregua. Representan esta tendencia de Romanticismo liberal o revolucionario, el inglés lord Byron, los franceses Víctor Hugo, Alejandro Dumas y Alfred de Vigny, y el español Espronceda.



CARACTERES DEL ROMANTICISMO
Ambos tipos de Romanticismo fueron, pues, antagónicos; y no es lícito definir este movimiento como si fuera algo perfectamente homogéneo. Sin embargo, dentro de su diversidad, hay algunas características comunes a todas las manifestaciones románticas, que pueden enunciarse así:
Aversión al Neoclasicismo. En general, todos los románticos fueron hostiles al Neoclasicismo. Frente al rigor con que, en el siglo anterior, se observaron las reglas, los románticos mezclan los géneros (muchas obras están escritas en prosa y en verso; dentro de un mismo poema, se varían los metros; en el teatro se desprecian las famosas unidades de lugar, de tiempo y de acción; y tanto en ese género, como en la novela -conforme a la tradición española- alternan lo cómico y lo dramático.
Subjetivismo. Protagonista de todas las obras románticas, cualquiera que sea su género, es el alma exaltada del autor, que vierte en ellas sus sentimientos de insatisfacción ante un mundo que limita y frena el vuelo de sus ansias tanto en el amor, como en el orden social, en el fervor patriótico, etc. Y frente a los neoclásicos, apenas interesados por el paisaje, los románticos hacen que la Naturaleza se incorpore a sus estados de ánimo, y que se muestre melancólica, desalentada, tétrica, turbulenta, según los casos. El choque entre los anhelos desmesurados del romántico -amor apasionado, ansia de felicidad, posesión de lo infinito- y la realidad, produce en él descorazonamiento, y el suicidio, conforme al modelo del Werther de Goethe, fue la solución que algunos adoptaron, como nuestro Larra.
Fuga del mundo que los rodea. Otros se evaden de sus circunstancias, evocando o imaginando épocas pretéritas en que triunfaban sus ideales o inspirándose en lo exótico. Se refugian, pues, en la contemplación de la Historia medieval y moderna. El mundo para ellos es una realidad cambiante, en que están a punto siempre de lograrse formas satisfactorias de vida, nunca alcanzadas. Frente a los neoclásicos, admiradores como sabemos de la Antigüedad grecolatina, los románticos prefieren la Edad Media y el Renacimiento; y cultivan, como géneros más frecuentes, la novela, la leyenda y el drama históricos, ambientados en esas épocas.
Amor a la Naturaleza. Frente a la sociedad urbana, oprimida por los convencionalismos y opresora a la vez, los románticos aman la Naturaleza y prestan atención admirativa a quienes más cerca viven de ella, a la gente rural, que idealizan.
Atracción de lo nocturno y sepulcral. Los románticos gustan de poner a sus sentimientos dolientes y defraudados, ambientes melancólicos o misteriosos: ruinas, la noche que encubre zozobras, cementerios... Del mismo modo, les seduce lo sobrenatural: milagros, aparecidos, visiones de ultratumba, lo diabólico y brujeril...


ESPAÑA, PAÍS ROMÁNTICO
Los románticos europeos descubrieron que muchos de los ideales defendidos por ellos se realizaban en España, en su literatura, en su historia y en su arte. De ahí que las principales figuras del incipiente Romanticismo inglés, alemán o francés, exaltaran, estudiaran o imitaran lo español, y que España se convirtiera -cuando el Romanticismo no ha comenzado aún entre nosotros- en bandera de la nueva escuela.
España influyó, pues, en la constitución del movimiento romántico europeo, con el ejemplo del Romancero, que fue muy traducido, leído e imitado, del Quijote, y del «desarreglado» teatro áureo, en los que se reconocieron ejemplos geniales de libertad de invención, de pasión y de fantasía, valores que las nuevas generaciones deseaban hacer triunfar.
Por otra parte, los escritores, pintores y grabadores que visitaban España hallaban una inspiración muy a la moda en sus viejas ciudades, en sus paisajes agrestes y en las ruinas de sus templos y monasterios.


PRIMERAS MANIFESTACIONES DEL ROMANTICISMO
El Romanticismo penetra en nuestra patria por Andalucía (controversia Böhl-Mora), y por Cataluña (El Europeo).
A) La polémica Böhl-Mora. El cónsul alemán en Cádiz, Juan Nicolás Böhl de Faber, padre de la novelista «Fernán Caballero», publicó muy tempranamente, entre 1818 y 1819, en el Diario Mercantil de aquella ciudad, una serie de artículos, defendiendo el teatro español del Siglo de Oro, atacado por los neoclasicistas. Partícipe del mismo entusiasmo que sus compatriotas los hermanos Schlegel, su defensa fue un pórtico por el que entró el Romanticismo en España.
Lo rebatió, en revistas de Madrid, el escritor gaditano José Joaquín de Mora (1783-1854), a quien apoyó Antonio Alcalá Galiano. Las ideas de Böhl, apoyadas en supuestos antiliberales, tradicionalistas y absolutistas, le parecen inaceptables. A pesar de que el cónsul alemán representaba la modernidad literaria europea, lo juzgan reaccionario. Y, por ello, lo combaten, aferrados aún a la ilustración dieciochesca, en la que simboliza el progresismo liberal, entonces combatido por el poder.
B) El Europeo. Fue publicada esta revista en Barcelona (1823-1824), por dos redactores italianos, un inglés y los jóvenes catalanes Buenaventura Carlos Aribau y Ramón López Soler. Defendió el Romanticismo moderado y tradicionalista al modo de Böhl, negando totalmente los valores del Neoclasicismo. Y contribuyó a popularizar los nombres y las obras de los principales románticos europeos.


LA EMIGRACIÓN DE 1823
Al cerrarse el breve paréntesis liberal (1820-1823), varios centenares de españoles se vieron obligados a emigrar, perseguidos por Fernando VII. Los escritores exiliados -Martínez de la Rosa, Mora, Alcalá Galiano, Ángel Saavedra, Espronceda, etc.- marchan de España imbuidos de espíritu neoclásico, pero toman contacto en Europa con las ideas románticas en su versión tradicionalista o revolucionaria, según sus inclinaciones.
Pronto ven en ellas una fórmula útil para vivificar, con espíritu moderno, la vida cultural y política de España. Y así, alimentando esperanzas y formulando proyectos, estos españoles se mantuvieron en el destierro hasta 1833, fecha en que inician su regreso.


AMBIENTE ROMÁNTICO EN ESPAÑA, ANTES DE 1833
La durísima censura impuesta por el ministro Calomarde, no impidió en España la circulación más o menos clandestina de los libros de Chateaubriand, Walter Scott, Byron y otros románticos.
Los jóvenes escritores se van impregnando de estas lecturas, y las comentan en tertulias que se reúnen en las principales ciudades españolas. La más célebre de todas fue la del famoso Parnasillo, que se celebraba en Madrid, en el Café del Príncipe, -“solar del Romanticismo castellano" se le ha llamado-, y a la que, desde 1830, acudían Larra y otros escritores. Allí, según evocaba uno de los contertulios, "¡qué bellos sueños de libertad, qué reñidas polémicas de literatura agitaban nuestras cabezas y nuestros corazones!".


TRIUNFO Y CRISIS DEL ROMANTICISMO EN ESPAÑA
Cuando los emigrados regresan, en las postrimerías del reinado de Fernando VII y comienzos del de su hija, hallan, pues, un ambiente bastante favorable para el triunfo de las ideas románticas. Contribuyó a él la apertura de signo liberal con que se inició el gobierno de Isabel II.
Hacia 1835, el Romanticismo alcanza su mayor apogeo en nuestra patria. Pero su victoria no fue total, pues, como sabemos, hubo escritores que no se le rindieron. Todavía, en 1839, se seguía defendiendo, en el Ateneo madrileño, el valor de las unidades dramáticas.
Este apogeo fue corto; entre 1835 y 1840, va imponiéndose un espíritu moderado y ecléctico, en el que acaba disolviéndose la furia romántica. Además, el objetivismo no había sido completamente vencido, y vino a reforzado, hacia 1840, otra moda literaria surgida en Francia, el Realismo, basado en los ambientes contemporáneos.
La burguesía isabelina no constituía un ambiente propicio para el idealismo romántico. Con todo, este no había pasado en vano; algunos géneros típicamente románticos llegarán casi hasta nuestros días -hoy renace la novela histórica- y el subjetivismo impuesto a la lírica, será una lección ya nunca olvidada por la poesía europea.


CARACTERES DE LA POESÍA ROMÁNTICA
Los poetas románticos crean el poema en trance de arrebato, volcando cuanto sienten y piensan, sin ninguna autocrítica que retenga impurezas. Consiguen con ello momentos de sincero y auténtico lirismo; pero, como contrapartida, caen a veces en lo vulgar, en lo prosaico, en lo oratorio.
Sus tonos más frecuentes son la melancolía, la exaltación, la protesta y el hastío.
Cantan su intimidad amorosa, o, según dijimos, se inspiran en temas históricos, legendarios y exóticos.
Merodean por los alrededores del misterio, atraídos por él. Se rebelan, a veces, contra las normas sociales y contra la vida misma. Sus valores preferidos son la gallardía, el valor, la disidencia. Proclaman su pesimismo, y gesticulan exhibiendo un ánimo desalentado. Los ámbitos en que suelen moverse son la noche, los lugares apartados, los cementerios, el mar embravecido, la tormenta. Desde el punto de vista formal, si los neoclásicos aspiraban a que el poema tuviera la fría tersura del mármol, los líricos románticos, raptados por la emoción, quieren que sus versos sean íntimos, cordiales o que resuenen estrepitosamente con ritmos muy marcados. Sus poemas tienen a veces gran variedad de metros. Y emplean estrofas casi olvidadas entonces -así, el romance- o inventan otras. Algunos escritores que vamos a estudiar, aunque también cultivaran otros géneros, deben su fama a su condición de líricos.


JOSÉ DE ESPRONCEDA
Nació e! año 1808, en Pajares de la Vega, cerca de Almendralejo (Badajoz). Fundó, con otros mozalbetes, la sociedad secreta Los numantinos, en cuyos fines entraba «derribar el gobierno absoluto»; sufrió reclusión de algunas semanas por ello. A los dieciocho años, huye a Lisboa, a unirse con los exiliados liberales y conoce allí a Teresa Mancha, con la que vivió en Londres, hasta que, tras una actuación política agitada, volvió a España en 1833. Espronceda lleva aquí una vida disipada, llena de aventuras y lances. Teresa lo abandona (1838), dejándole una niña de dos años. La desesperación no le impidió continuar con su vida política y aventurera. Se disponía a casarse con otra amada, cuando murió en Madrid, en 1842.


OBRAS NO LÍRICAS
Cultivó Espronceda los principales géneros literarios. Su primera obra fue un poema épico en octavas, El Pelayo, que revela su formación neoclásica. Escribió también una grata y desorganizada novela histórica, Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834), género que había puesto de moda el británico Walter Scott. Escribió mediocres obras teatrales; la más recordable es el drama en verso Blanca de Borbón (1838), que no llegó a estrenarse.


POESÍA
Tras volver del exilio, publicó Poesías (1840), colección desigual que acoge poemas juveniles, de aire neoclásico, junto a otros de rabioso corte romántico. Son estos los más importantes; en ellos, exalta tipos marginales: Canción del pirata, El mendigo, El verdugo, Canto del cosaco; protesta contra la sociedad El reo de muerte; o A Jarifa en una orgía, muestra perfecta de los anhelos ardientes de un romántico, que chocan con la realidad y lo sumen en la desesperación:
palpé la realidad, y odié la vida;
solo en la paz de los sepulcros creo.
Pero las obras poéticas más importantes que compuso son El estudiante de Salamanca y El diablo mundo.
- El estudiante de Salamanca (1839) consta de cerca de dos mil versos polimétricos, es decir, de diferentes medidas, distribuidos en cuatro cantos, y narra los crímenes e impiedades de don Félix de Montemar, cuya amada Elvira, abandonada por él, muere de amor. Una noche, se le aparece; él persigue la aparición por las calles, y contempla su propio entierro. En la mansión de los muertos, se desposa con el esqueleto de Elvira, y muere sin contrición.
- El diablo mundo. Frente a la cerrada unidad del anterior poema, este es disperso y quedó sin terminar. Fue publicándolo en cuadernillos, a partir de 1840. Consta lo escrito de 8100 versos polimétricos, repartidos en una introducción y siete cantos. Pretendía ser una epopeya de la vida humana. Es admirable el canto séptimo, Canto a Teresa, en que el poeta evoca sus primeras horas de amor, a las que siguieron la decepción, la ruptura y la muerte de su amada. Una mezcla de ternura, desfachatez y satanismo hace de estos versos la más emotiva y extraña elegía de nuestra literatura.


OTROS LÍRICOS ROMÁNTICOS
En el corto fulgor de la lírica romántica, surgieron otros poetas notables como fueron:
Juan Arolas, barcelonés (1805-1843); fue escolapio. Publicó multitud de poemas, con gran variedad de temas, en que demuestra un talento poco profundo, pero brillante y sensual; hoy se recuerdan, sobre todo, sus refinados poemas orientales.
Nicomedes Pastor Díaz, nacido el año 1811 en Vivero (Lugo). Fue diputado, ministro y académico de la Española. Murió en Madrid, en 1863. Defendió siempre ideas católicas y tradicionales, en sus Poesías (1840), con un temperamento extrañamente pesimista. Consagra algunos poemas a rememorar paisajes o monumentos españoles como El acueducto de Segovia o Al Eresma. Puso mucha esperanza en su libro en prosa De Villahermosa a la China (1845-1858), con bellas descripciones de Galicia pero escasa acción; hoy se lee con fatiga.
Gertrudis G6mez de Avellaneda. Nacida en Cuba en 1814, vino a España a los veintidós años. Marcada por un destino romántico, su vida amorosa fue un continuo fracaso. Pero triunfó en la alta sociedad de Madrid, ciudad donde murió en 1873. Publicó algunas novelas, como Sab, que conserva su interés por las descripciones de ambientes y costumbres de Cuba. Obtuvo grandes éxitos en el teatro, con dramas históricos a la moda, como Alfonso Munio y Recaredo (1850). Pero destacó, sobre todo, como lírica. Su inspiración oscila entre el amor humano, sentido como anhelo y tormento (así, en sus poemas Amor y orgullo, A él), Y el amor divino, donde se aproxima a la mística (La Cruz, La plegaria de la Virgen).
El barcelonés Pablo Piferrer (1818-1848) cultivó sólo la lengua castellana. Fue uno de los iniciadores del movimiento romántico en Cataluña y su lírica, muy me1odiosa, es muy escasa; sólo se conservan de él siete poemas. El más famoso de todos es el titulado Canción de la primavera.
Carolina Coronado. Paisana de Espronceda (nació en Almendralejo, 1823), pasó su niñez en el campo extremeño y muy joven se reveló poeta. Casada con un diplomático norteamericano, vivió algún tiempo en países extranjeros. Varias desgracias familiares le hicieron buscar la soledad cerca de Lisboa, donde murió (1911). La pieza maestra de sus Poesías (1852) y uno de los mejores poemas románticos, es el titulado El amor de los amores.


LA PROSA. UN ALUD DE TRADUCCIONES
Durante el Romanticismo, existe un deseo inmoderado de ficción literaria, de novela, de contacto con la aventura y el misterio. Siendo escasa la producción española, se apeló a traducir novelas extranjeras. Fueron más de mil las que circularon en España antes de 1850, pertenecientes a autores como Chateaubriand, James Fenimore Cooper, George Sand, Walter Scott, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, etc., ya los géneros en boga: históricas, sentimentales, de aventuras, galantes, folletinescas...
La prosa nacional se limitó, en lo narrativo, a unas cuantas novelas históricas y, en lo descriptivo, al cultivo intenso del costumbrismo.
Enrique Gil y Carrasco (Villafranca del Bierzo, 1815-Berlín, 1846). Abogado y diplomático, fue poeta exquisito y cultivó también el costumbrismo. Pero su obra más famosa, la mejor de las novelas históricas españolas, escrita a imitación de Walter Scott, es El señor de Bembibre.
El navarro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) compone una serie de novelas históricas cuando este típico género romántico se halla ya en declive y ha empezado el auge del Realismo con sus novelas de tema contemporáneo. Posee indudable habilidad para infundir verdad en sus evocaciones de tiempos medievales y se inspira en tradiciones vascas, como ocurre en su obra más conocida Amaya, o los vascos en el siglo VIII (1877); su tema es la unión de vascos y visigodos para luchar contra la invasión musulmana.
Escribieron también novelas históricas Larra, Espronceda, Estébanez Calderón y Martínez de la Rosa; a ellos aludiremos en el lugar oportuno.


EL COSTUMBRISMO
En el medio siglo que transcurre entre 1820 y 1870, aproximadamente, se desarrolla la literatura costumbrista. Se manifiesta en el llamado cuadro de costumbres, que suele ser un artículo en prosa, de poca extensión; prescinde de todo argumento o lo reduce a un esbozo, limitándose a pintar un cuadro colorista que refleja con donaire el modo de vida de la época, una costumbre popular o un tipo humano representativo. Algunas veces estos artículos o cuadros de costumbres -como en el caso de Larra- poseen un fuerte carácter satírico.
El costumbrismo -inducido por la afición francesa a este género- responde al deseo romántico de exaltar lo distinto, extraño y peculiar. Y sus textos no exigían ser extensos, se publicaban fácilmente en los periódicos y contribuían a exaltar -los extranjeros lo habían descubierto- el fuerte carácter romántico de nuestro país. Se publicaron millares de artículos costumbristas.


COSTUMBRISMO Y NOVELA
El costumbrismo obstaculizó el desarrollo de la novela en España, ya que en este género predominan la narración y los caracteres individuales, mientras que el cuadro de costumbres queda en simple descripción, y sus personajes son tipos genéricos (el torero, el aguador, la castañera...).
Fue mérito indiscutible de «Fernán Caballero» (1796-1877), como veremos, el pasar de este costumbrismo pintoresco, a la novela de costumbres contemporáneas, si bien en un grado incipiente.
A pesar de su origen extranjero, el género desempeñó la misión de ofrecer una prosa castiza, de inspiración nacional, satirizar formas de vida afrancesada, presentando con cariño tipos y formas de vida que, durante el siglo XVIII, se creyeron carentes de interés literario. Por otra parte, su idioma hizo frente al alud de extranjerismos que lo anegaban.


RAMÓN DE MESONERO ROMANOS, “EL CURIOSO PARLANTE
Este famoso costumbrista nació y murió en Madrid (1803-1882), cuyo pasado estudió. Perteneció a la Academia Española (1838) y fue pacífico burgués, antirromántico y buen observador de la vida de alrededor. Popularizó el seudónimo de El Curioso Parlante.
Cultivó sobre todo el costumbrismo, pero escribió sus famosas Memorias de un setentón, viva evocación de personas y sucesos que conoció entre 1808 y 1850. Reunió sus cuadros de costumbres en los volúmenes Panorama matritense y Escenas matritenses, y entre los más recordados figuran La calle de Toledo, Las ferias, El día de toros, El Romanticismo y los románticos, etc. Intentó con poco éxito escribir novelas: como hemos dicho, era quehacer reservado a “Femán Caballero”. Poseyó agudeza ecuánime para observar a su alrededor, y un dominio castizo del lenguaje.


MARIANO JOSÉ DE LARRA, “FÍGARO”
Este importante escritor nació en Madrid en 1809. Estudió en Burdeos (su padre, liberal, se había expatriado); vuelto a España, prosiguió su formación en Madrid, Corella, Valladolid y Valencia. A los diecisiete años opta por dedicarse solo a la literatura. Su fama como articulista crece rápidamente. En 1829, contrae matrimonio; pero se separó pronto de su esposa. En 1832, funda la revista El Pobrecito Hablador, y fija sus planes: “Reírnos de las ridiculeces: esta es nuestra divisa; ser leídos: este es nuestro objetivo; decir la verdad: este es nuestro medio”. Su firma adquiere la máxima cotización periodística. Por causa de unos amores ilícitos, quizá el desdén de su amada, se dio muerte de un pistoletazo en 1837. Su carácter lo hizo poco agradable; Mesonero, que fue su amigo, habla de “su innata mordacidad, que tan pocas simpatías le acarreaba”; pero se imponía por su talento.


OBRA NO PERIODÍSTICA
Larra debe su celebridad a los trabajos periodísticos, como vamos a ver, pero cultivó otros géneros literarios. Así, la poesía, siguiendo cauces neoclásicos, de tipo satírico como la Sátira contra los vicios de la corte. E intentó el triunfo en el teatro adaptando del francés No más mostrador, y con una tragedia histórica, Macías.
Este personaje (un trovador gallego a quien dio muerte un marido celoso) es también protagonista de su única novela, El doncel de don Enrique el Doliente, que es una de las mejores novelas históricas españolas. El autor, a la manera romántica, se identifica con aquel poeta del siglo XV que, como él, amó a una mujer casada.


ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS
Escribió más de doscientos artículos, en que se funda su fama, firmándolos con diversos seudónimos: Andrés Niporesas, El Pobrecito Hablador y Fígaro, que es el más conocido. Tales trabajos suelen dividirse en tres grupos: de costumbres, de tema literario y de tema político.
En los artículos costumbristas, no es un observador ecuánime, como Mesonero; su mirada penetra con acerada ironía y con sarcasmo en la vida española. Le mueve una patriótica intención educadora; siente insatisfacción y dolor por la patria imperfecta, heredando la postura de Cadalso (siglo XVIII), y se adelanta a la que mantendrán los escritores del 98. Sus reproches son exactos, pero, a veces, heridores de tono. Destacan, en este grupo, los artículos Corridas de toros (contra el suplicio de estos animales por "dos docenas de fieras disfrazadas de hombres”), El casarse pronto y mal (con experiencias autobiográficas), El castellano viejo (contra la campechanía grosera), Vuelva usted mañana (sátira de las oficinas públicas), etc.
Artículos literarios. Si en su vida y en sus ideas políticas fue Larra un romántico exaltado, su educación francesa le impidió romper del todo con los supuestos literarios neoclásicos (elogió a Moratín); escribió, sin embargo, críticas ecuánimes sobre obras románticas de su tiempo, si bien con reservas cuando no observaban las unidades de lugar, tiempo y acción.
Artículos políticos. Larra, educado en Francia, como hemos dicho, mantuvo una ideología liberal y progresista con artículos políticos, hostiles por igual al absolutismo y al carlismo. En algunos, se leen frases de clara estirpe revolucionaria, como esta: "Asesinatos por asesinatos, ya que los ha de haber, estoy por los del pueblo».


FAMA PÓSTUMA
Larra, olvidado durante algunos años, conoció una entusiasta rehabilitación a principios del siglo XX. En 1901, “Azorín” y Pío Baroja (escritores de la generación del 98) presiden el homenaje que algunos escritores le rinden en el cementerio de San Nicolás; el primero lo proclama “maestro de la presente juventud”. En 1902, sus restos fueron trasladados, con los de Espronceda y el pintor Rosales, al Panteón de Hombres Ilustres de San Justo. y la célebre tertulia que, en el café Pombo, presidía Ramón Gómez de la Serna desde 1913, reservó siempre, simbólicamente, un asiento para Larra.
El cual está considerado como uno de los máximos escritores españoles. Sus principales valores son la ironía y el rigor. Y lo más duradero de su obra, los artículos de costumbres, en que pone el dedo en la llaga de inveterados males nacionales. Su visión de España encierra una gran lección de amor, presentada con tintes desalentados y amargos.


SERAFÍN ESTÉBANEZ CALDERÓN, “EL SOLITARIO”
Malagueño (1799), desempeñó altos cargos políticos. Liberal en su juventud, evolucionó hacia una postura conservadora. Fue notable arabista, y murió en Madrid en 1867. Publicó un libro de Poesías y, entre otras obras en prosa, una novela histórica, Cristianos y moriscos.
Pero su libro más famoso es el conjunto de cuadros de costumbres titulado Escenas andaluzas (1848). Son páginas castizas y luminosas, con tipos populares -flamencos, “bailaoras”, bachilleres, toreros... - y estampas llenas de color: ferias, romerías, bailes, etc., entre las que destacan El bolero, Los filósofos del figón, La feria de Mairena y Un baile en Triana. Son páginas llenas de simpático ingenio y brillantez.


EL TEATRO EN LA ÉPOCA ROMÁNTICA


TRIUNFO DEL ROMANTICISMO EN EL TEATRO
El teatro neoclásico no logró calar en los gustos españoles. A comienzos del siglo XlX, seguían aplaudiéndose las obras del Siglo de Oro que, en general, toleraba la censura. Aquel teatro, repudiado por los neoclásicos, atraía fuera de nuestras fronteras, precisamente por no sujetarse a reglas, ser apasionado, brillante, lleno de extrañas peripecias, y contar con acciones variadas que solo llegaban a confluir en los desenlaces. Como es natural, los jóvenes autores españoles contaron con esta tradición nacional para adherirse al Romanticismo. En definitiva, este suponía una rehabilitación de lo propio. Y así, en pocos años, entre 1835 (Don Álvaro) y 1844 (Don Juan Tenorio), se producen los mayores éxitos del Romanticismo teatral; su perduración será más larga que la del género lírico.


CARACTERES DEL DRAMA ROMÁNTICO
En cuanto a los temas, los románticos prefieren los asuntos legendarios, caballerescos, aventureros, o históricos nacionales. Aspirando a que el drama posea la vistosidad y complicación de un tapiz, los argumentos no constan de una sola acción (hay acciones paralelas), violan las tres unidades y mezclan lo cómico y lo dramático. El drama suele tener cinco actos, en verso -con mucha variación de metros- o en prosa y verso mezclados.
Y en cuanto a los fines, el teatro romántico no aspira a aleccionar (como intentaban los neoclásicos) sino a conmover. Los protagonistas son seres marcados por un destino extraño y singular, frente al tipo de comedia moratiniana, aún vigente, burguesa y tranquila, ahora continuada por Bretón de los Herreros.
De acuerdo con lo ya dicho en los dramas románticos, abundan las escenas nocturnas y sepulcrales, desafíos, personajes encubiertos y misteriosos, suicidios, alardes de gallardía o de cinismo. Y todo acontece vertiginosamente.


UN ESCRITOR DE TRANSICIÓN: MARTÍNEZ DE LA ROSA
Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862) nació en Granada. Como político, intervino activamente en las Cortes de Cádiz. Por sus ideas liberales, sufrió prisión; emigró a Francia y, vuelto a España, es nombrado jefe del Gobierno (1833). Su política -de justo medio- naufragó entre los extremismos de derecha y de izquierda. Sus contemporáneos le aplicaron el estúpido mote de «Rosita la pastelera”, como si en política solo hubiera practicado un eclectismo oportunista, y no hubiese padecido cárcel, destierro y atentados en su lucha por la libertad.
Escribió sus primeras comedias bajo el influjo de Moratín, y observancia neoclásica La niña en casa y la madre en la máscara). Con una fórmula conciliatoria (era su carácter; y así afirma: «en medio de la guerra encarnizada que mantienen en el día los dos campos literarios opuestos [clásicos y románticos], creo que... la verdad está en un justo medio)", introduce en ese esquema elementos románticos. Según él, el “justo medio" consistía en tratar temas históricos nacionales, como querían los románticos; y en aceptar solo la necesidad de la unidad de acción, sometiéndose menos rígidamente a las de lugar y tiempo.
Ajustándose a este marco, que ya no es clásico ni romántico todavía, escribe sus dos obras mejores, en 1830: Aben Humeya y La conjuración de Venecia. Esta contiene escenas sepulcrales, personajes misteriosos, locura, sentimentalismo, cantos a la libertad, etc.



ÁNGEL SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS
Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano (1791-1865) fue cordobés. Luchó contra la invasión francesa, y, en política, actuó como progresista exaltado; por ello, se le condenó a muerte, pero logró escapar. Conoció en Malta a un eminente crítico inglés, que le hizo estimar nuestro teatro clásico y lo convirtió al Romanticismo. Vivió en Francia y regresó a Madrid en 1834, tras diez años de destierro. Hereda el ducado de Rivas; y si salió de España neoclásico y liberal, ahora es romántico y conservador. Desempeñó importantes cargos públicos y murió en Madrid en 1865.
Como casi todos los escritores de su tiempo, comenzó adoptando una estética neoclásica en los géneros lírico (Poesías, 1814) y dramático (Lanuza, 1822). Su progresiva incorporación al Romanticismo puede advertirse en poemas como El desterrado y, sobre todo, en El moro expósito, y en el famoso drama Don Álvaro o la fuerza del sino. Este se estrenó en 1835, en el madrileño teatro del Príncipe, ante unos 1300 asistentes, que presenciaron el primer drama romántico español; trata de las aventuras de un indiano que provoca el mal involuntariamente, a quien la desgracia persigue hasta en el convento a que se ha acogido para hacer penitencia, y que acaba suicidándose entre el fulgor de los relámpagos. El público quedó desconcertado. Produjeron perplejidad la mezcla del verso y la prosa; la introducción de muy bellas escenas costumbristas en una trama violentamente pasional: la convivencia de personajes nobles con arrieros, venteros y gente de baja condición; las casualidades, las pasiones contrarias a la moral dominante, los desafíos, las tormentas, el patetismo del final en que el protagonista muera clamando “¡Misericordia Señor, misericordia!". Fueron más los siseos que los aplausos, y la crítica fue hostil. Pero sirvió de brecha para que otros escritores hicieran triunfar el gusto romántico en el teatro.
En 1841, Rivas publica los Romances históricos, género bien romántico, que son, con Don Álvaro, los pilares de su fama. Destaca, entre ellos, Un castellano leal, al que luego aludiremos. Y escribió después algunas Leyendas, como El aniversario, que narra cómo la población de Badajoz, dividida en dos bandos, no asiste a una misa conmemorativa de la reconquista de la ciudad; y los esqueletos de los reconquistadores ocupan los bancos.


ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ
De familia artesana, nació en Chiclana (Cádiz), en 1813. Se dedicó a las letras; y, falto de recursos, se alistó en el ejército. Al estrenar El trovador (1836), el público, entusiasmado, le obligó a saludar desde el escenario, instaurando así una costumbre vigente en Francia. Nuevos éxitos lo libraron de la penuria económica. Al estallar la “Gloriosa”, se sumó a los revolucionarios, con un himno contra los Borbones que alcanzó gran popularidad. Murió en Madrid (1884).
Publicó libros de versos, pero debe su renombre al drama romántico El trovador. El público del teatro del Príncipe, que había asistido perplejo al estreno de Don Álvaro, se rendía un año después ante este joven soldado de veintitrés años, que, pálido y confuso, embutido en una levita prestada atropelladamente por su amigo Ventura de la Vega, recibía unánimes aclamaciones. El Romanticismo había triunfado, por fin, en el teatro español. Su argumento es novelesco, e inverosímil, pero valiente, y poseen belleza emotiva muchas escenas, dramáticas y tiernas. Pero, en los últimos años de su vida, sus obras dejaron de interesar: la moda -realista ahora- había cambiado, y los nombres vigentes eran, sobre todo, Tamayo y Echegaray.


JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH
Hijo de un ebanista alemán y de madre andaluza, nació en Madrid en 1806. Ejerció la profesión paterna, aunque su vocación era la literatura. El éxito que obtuvo con Los amantes de Teruel (1837) lo impulsó a continuar este camino. A fuerza de estudio y trabajo, llegó a académico (años antes, había aspirado a ser conserje de esa Corporación) y a director de la Biblioteca Nacional. Murió en Madrid (1880).
Compuso cuentos, poemas y artículos de costumbres, pero su nombre merece ser recordado, sobre todo, como escritor teatral. En el mismo teatro del Príncipe, escenario del gran triunfo de El trovador, estrenó en 1837 el drama Los amantes de Teruel, que fue acogido con vítores y bravos. La leyenda de Diego Marsilla (que marcha a buscar fortuna para poder casarse con Isabel de Segura, dentro de un plazo fijado, y que vuelve cuando ella, transcurrido el plazo, acaba de casarse con otro; ambos jóvenes mueren de amor), había sido ya tratada por otros autores del Siglo de Oro. Pero el nuevo drama -escrito en prosa y verso- era superior, por la vehemencia de las pasiones, la complejidad de la trama y lo bien trazado de los personajes. En esta y en sus restantes obras, supera a los demás románticos en la creación de caracteres, cualidad notable y rara cuando el teatro se fundaba en lo aventurero y en la bizarría de los personajes.


JOSÉ ZORRILLA
Nació en Valladolid en 1817. Inició los estudios de leyes, pero los abandonó para dedicarse a la poesía. En el entierro de Larra (1837), leyó unos versos emocionados que ganaron para él una fama que no hará sino crecer. Su matrimonio con una viuda dieciséis años mayor que él, fracasó, y huyendo de ella, marcha a Francia y, después, a Méjico (1855), donde el emperador Maximiliano lo nombró director del Teatro Nacional. Al regresar a España (1866) fue acogido con entusiasmo y honores. Volvió a casarse y, siempre escaso de dinero, tenía que malvender sus obras (así, el Tenorio). Las Cortes le otorgaron una pensión, en 1886. Murió en Madrid en 1893.


SU OBRA
Zorrilla asume los caracteres del Romanticismo en su vertiente tradicional. Su vida fue un culto permanente a los ideales de Religión y de Patria. Y escribió millares de versos, solicitado por un público que veía en aquel narrador de leyendas hispanas, de milagros, de dramas gallardos, al verdadero poeta nacional. De ahí que su obra, muy extensa, posea bellezas abundantes y también estrepitosos fallos. Su poesía alcanza sus momentos más felices cuando narra sucesos extraordinarios, o prodigios y leyendas.


LAS LEYENDAS
Son lo mejor de su obra; consisten en pequeños dramas contados como narraciones en verso; inversamente, sus dramas son leyendas dialogadas, coloreadas a menudo con rasgos líricos. En esta fusión de lo lírico, lo épico y lo dramático reside lo peculiar y distintivo de Zorrilla. Las más importantes de sus leyendas son Margarita la Tornera y A buen juez, mejor testigo. La primera narra un tema medieval: la Virgen suple a una monja que ha escapado con su galán, y ha vuelto arrepentida. Mejor es A buen juez, mejor testigo, versión de una leyenda toledana, según la cual, el Cristo de la Vega, descolgando una mano de la cruz, testifica que Diego Martínez, aunque ahora lo niega, había jurado casarse con Inés de Vargas cuando volviera de la guerra de Flandes.



OBRAS DRAMÁTICAS DE ZORRILLA
Estrenó innumerables dramas, y entre sus títulos principales figuran: El zapatero y el rey, sobre la muerte del rey don Pedro; Traidor, inconfeso y mártir, acerca del célebre pastelero de Madrigal, que se hizo pasar por don Sebastián rey de Portugal; pero la más famosa de sus obras, representada aún como un rito en muchas ciudades españolas, a principios de noviembre, es Don Juan Tenorio (1844). En él desarrolla el tema del famoso burlador de Sevilla, tratado por Tirso de Molina (en el siglo XVII) y por otros autores españoles y extranjeros. Es obra desigual, de briosos pasajes y ripios sin cuento; pero es quizá la obra más querida de los españoles, con aquel conjunto de hidalguías, misterios de ultratumba, caprichos, astucias, generosidades y arrepentimientos.


LA COMEDIA EN ESTA ÉPOCA: MANUEL BRETÓN DE LOS HERREROS
Este simpático escritor riojano (1796-1873) inició aún joven su larga carrera teatral. Fue director de la Biblioteca Nacional. Murió en Madrid en 1873 rodeado de honores oficiales; no en vano había escrito, aparte traducciones, ciento tres comedias originales, fieles a su maestro Moratín.
Sus títulos fundamentales son: A la vejez viruelas, Muérete y verás y El pelo de la dehesa. Satirizó el Romanticismo, pero algo del sentimentalismo romántico se filtra en alguna comedia, como en Muérete y verás. El Romanticismo, que había fijado rotundos patrones para el drama trágico, descuidó por completo el género cómico y satírico, y Bretón no tenía más modelo de que echar mano que las cinco comedias de Moratín, cuyo prestigio seguía siendo omnímodo. De ahí que, mientras el drama romántico barre de los escenarios la tragedia neodásica, la comedia, por obra de Bretón, continúe adscrita a las normas de aquella escuela. No obstante, acoge temas, situaciones y tipos nuevos, y aporta un desenfado gracioso en el diálogo. Y el costumbrismo, recién descubierto, le proporcionaba oportunidades que su maestro no conoció. Pero faltó genialidad a este agudo y rezagado neoclásico, que pudo haber dado testimonio de uno de los momentos socialmente más apasionantes de la vida española.


Nuestro teatro - Viento triste (2013)